Tres días contigo

Desde Barcelona, Marta Uma Blanco Fernández nos deja disfrutar de uno de sus cuentos. Precioso, gracias.

TRES DÍAS CONTIGO
A veces huelo los armarios, chupo los baúles, recorro con mis dedos las estanterías esperando encontrar tu rastro, algo de ti por pequeño que sea, pero me invade la amargura, pues me he de conformar con tu recuerdo.
Y no puedo olvidar que fui yo quien te eligió a ti cuando me senté bajo tu sombra aquella mañana de agosto. Estabas bien protegido, te elevabas en el interior del bosque, lejos de la carretera. No fue una razón lógica, pues no eras ni el más alto ni el más hermoso, ni siquiera eras milenario. Pero lo nuestro nunca se basó en el raciocinio.
Me sorprendió encontrar un hueco tan perfecto entre tus raíces para poder sentarme, eras como un trono, un trono perfecto y oloroso. Desde ti, apoyada en tu base, reclinada en un hueco que se formaba milagrosamente a la altura de mi cabeza, se podía ver bajar el río.  Me descalcé y observé, dispuesta a descansar y a disfrutar del día. Pero pasaron unos minutos y de repente unos sollozos me sobresaltaron, miré alrededor sorprendida, pero no eran sino mis sollozos, surgiendo desde dentro lentos, demorándose en gemidos que de súbito sentía la necesidad imperiosa de querer hacer llegar hasta tu copa. ¿De dónde venía aquel dolor? ¿De dónde tanta tristeza? ¿Por qué me compungía de aquel modo? Desde tus raíces algo manaba hacia mí en un lenguaje nuevo y secreto que todavía no entendía, no podía comprender. Siete horas estuve contigo aquella tarde, escuchándote, sintiéndote, abandonándome… llegué a casa en un estado de confusión tal que me metí directamente en la cama, no tenía nadie a quien contar lo que sentía, no quería tener a nadie a quien contarle nada.
Abrí los ojos al alba. Marché al bosque. Cuando sentí tu cercanía troté hacia tu encuentro, ansiosa, amante, deseosa de ti. Podría haberte confundido o no encontrado, pero di contigo a la primera. Me senté en mi trono, elevé la cara hacia tu copa y cerré los ojos. Entonces pude oírla por segunda vez: la savia, tu savia recorriendo tu interior en un rumor delicado que llegaba hasta mis oídos por encima del sonido del río. Me quité la ropa, así podría sentirte mejor, pero antes de volver a reclinarme olfateé todo lo que de ti quedaba a mi altura y exploré con mi lengua todos los rincones de tu tronco que dejabas abiertos para mí.  Sentí mi cuerpo desnudo  sobre tus raíces, todavía húmedas por el rocío de la noche, alcé los ojos para contemplar tu hermosura desde abajo y me regalaste decenas de hojas doradas que caían suspendiéndose en un baile delicado dejando mi cuerpo semienterrado, casi confundido con el tuyo.  Hubiera querido fundirme para siempre en ti.
La tercera mañana me levanté con un oscuro temor, muy tarde, pues me costó conciliar el sueño, que fue inquieto y pesado. Corrí al bosque, agitada y confusa, y en el sendero de la entrada vi un pilón de troncos enormes y pelados de sus ramas. Recuerdo esto en una sucesión de imágenes violentas y ocres, apagadas y confusas… el corazón reventándome en el pecho, la respiración ensordeciéndome mientras me adentraba hacia el lugar donde tú estabas, donde tú tenías que estar.
Pero ¡pobre de mí!, de la misma ignota manera que te encontré te perdí. Mientras me acercaba sentí un vacío que me golpeó hasta tirarme al suelo, pues en tu lugar sólo quedaba un muñón, un absurdo muñón de madera aferrado al  suelo con tus raíces todavía rumorosas y grité, grité con toda la fuerza que me permitieron los pulmones intentando en vano regresarte, devolverte, aferrarte… y lloré, lloré como no pensé jamás que podría hacerlo,  lloré durante horas, sintiendo en mis espaldas el peso de siglos de tristeza, maldiciendo mi raza y mi persona, derrumbándome ante tanto sinsentido.
A veces huelo los armarios, chupo los baúles, recorro con mis dedos las estanterías esperando encontrar tu rastro, algo de ti por pequeño que sea, pero me invade la amargura, pues me he de conformar con tu recuerdo.

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